El fin del mundo se cernía sobre nosotros, pero no había suficientes plazas para la evacuación. Los rugidos de los zombis resonaban en mis oídos mientras mi prometido, Oliver, apretaba los dientes y me subía al vehículo de rescate, asegurándome el último asiento disponible. Llegué sana y salva a la base de supervivientes. Lina, su primer amor, no lo logró. Los zombis la destrozaron. Oliver aun así siguió adelante con nuestra boda, pero jamás imaginé que solo lo había hecho para hacerme sufrir. A sus ojos, yo era la culpable de la muerte de Lina. Si ella tuvo que soportar semejante agonía, yo también debía hacerlo. Durante cinco años me odió. Mi vida era peor que la de un perro callejero rebuscando comida en la basura. El día en que se finalizó nuestro divorcio, me secuestró, me arrastró al monte y me rodeó el cuello con sus dedos. Luego, nos lanzó a los dos al enjambre de muertos vivientes. Cuando volví a abrir los ojos, de algún modo había renacido el día en que comenzó el apocalipsis. El equipo de rescate gritaba impaciente: «¡Uno más! ¡Queda sitio para uno más, rápido!». Me giré hacia Oliver, observando su vacilación. Entonces, con una sonrisa serena, di un paso atrás y dejé que otra persona ocupara el último asiento.