En la década de 1970, cuando las cámaras de vigilancia aún no estaban por todas partes y los guardias de seguridad se dormían, los ladrones de arte famosos entraban descaradamente a los museos, tomaban las obras de las paredes y las metían en bolsas para llevárselas. Detrás de este acto aparentemente absurdo, el cerebro era un hombre hogareño e inofensivo que vivía en las afueras. Kelly Reichardt abandona por completo la fórmula narrativa de las películas de robos de Hollywood y, con su característico minimalismo de izquierda, captura la vida cotidiana de los criminales del arte, la dualidad de sus acciones y las reacciones de quienes los rodean. Las pinturas abstractas de Arthur Dove no son solo una excusa, sino que la huida por carretera que resalta lo absurdo de la existencia añade capas de apreciación y reflexión para el espectador.
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