Ante los constantes aumentos de alquiler y la presión implacable del casero, el dueño de la fábrica dejó de ceder y decidió mudarse y empezar de cero. El casero creía que no podría prescindir de ese local, pero descubrió que no solo se llevaron la maquinaria, también los pedidos y el negocio. Ahora la fábrica está vacía, los nuevos inquilinos no llegan y el casero por fin se arrepiente.