Dabao, de rostro infantil y curvas generosas, es sorprendida robando por el director Gao, quien no dejará escapar a una presa que se le ofrece tan fácilmente. En un lujoso dormitorio, ella está sentada al borde de la cama con apenas un fino camisón; tras ser derribada, sus pechos quedan enrojecidos por las caricias, y aunque tiene el sexo empapado, sigue llorando y suplicando clemencia mientras es penetrada una y otra vez hasta quedar sin fuerzas en las piernas.