En un páramo tras el holocausto nuclear, un viejo barco pesquero se convierte en el único punto de partida. Jiang Zhou solo quería vivir sus últimos años en silencio, pero el hierro y el deseo se abalanzaron sobre él al mismo tiempo. Cuerpos empapados, piel cubierta de barro, el temblor del primer beso violento: todo le recuerda que en este mundo la moneda para sobrevivir no son solo las armas, sino también un cuerpo encendido. De la contención a la liberación, de la supervivencia a la conquista, en el instante del clímax el deseo suena más fuerte que los disparos. En el apocalipsis, el arma más afilada no suele ser un cuchillo, sino la lujuria que hace que otros se sometan por voluntad propia.