Ese verano me quedé en casa de mi prima; el mármol del salón estaba frío y ella ya se había sentado a horcajadas sobre mí con su camisón de tirantes. Levantó la falda y lo tomó entero hasta el fondo, moviéndose despacio a propósito. Abajo apretaba con fuerza y con la mano me tapaba la boca para que no gritara. Al otro lado de la puerta los mayores seguían hablando, mientras bajo su falda ya estaba tan húmeda que le corría por el muslo.