Apenas al segundo día de que papá se fue, su madrastra se metió en su cama. Las cortinas estaban bien cerradas, las sábanas hechas un ovillo, ella mordía la almohada sin atreverse a hacer ruido, y sus uñas le dejaban marcas rojas en la espalda. —Si tu padre se enterara... —No vuelve hasta pasado mañana. Estuvieron hasta casi el amanecer.