La noche convierte la ventana en un espejo. Las respiraciones se entrelazan y el calor se desliza por las clavículas. Las luces no están del todo encendidas, pero el deseo ya llena la habitación. Nadie dice nada; el aire se ha humedecido antes que ellos. La luz es tenue. Ella no tiene prisa, y él tampoco la apura. Las respiraciones se vuelven más profundas, pegándose a la piel. Mirarse quema más que tocarse; el deseo se estira, largo y ardiente.